La historia de nuestro amado Real Club Deportivo Espanyol no es una sucesión inacabable de títulos y victorias. Tampoco podemos pretender que masas ingentes llenen nuestro estadio día sí, día también. Pero entre los varios motivos por los que sentirnos orgullosos de nuestro Espanyol, estos días ha vuelto a brillar como un faro en la oscuridad su sencilla y valiente dignidad.

Es la dignidad de quienes lo fundaron, jóvenes universitarios, entusiastas y que no aceptaban que se les marginara en su propia tierra. Es la dignidad de generaciones de pericos que han sido fieles en las buenas y en las malas, sabiendo que la grandeza no está en ganar sino en vivir siempre haciendo lo debido, se gane o se pierda, aunque a veces haya que saber encajar como todo un campeón de boxeo cuando llegas al trabajo los lunes.

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Durante mi infancia, en tiempos del dignísimo y entrañable Don Manuel Meler, se decía aquello de que el Espanyol era un club “señor”. A mí no me parecía mal, pero confieso que en aquel entonces prefería un club ganador, victorioso. Lo del señorío no estaba mal, pero me parecía una pose estética que palidecía ante mi hambre de títulos. Me equivocaba. El mejor palmarés del mundo palidece ante una historia de constante dignidad.

No descubro nada si afirmo que estos días estamos viviendo en nuestra tierra una situación de extrema gravedad, de tensión, división y fractura que recuerda peligrosamente a los peores momentos de nuestra historia. Una situación que no surge de modo espontáneo, sino que es el resultado de que muchos, desde hace demasiado tiempo, se dedican a echar leña al fuego y a difundir una espiral de odio de la que cada día se ve con mayor claridad hacia dónde nos lleva. También en el mundo del deporte han sido muchos, demasiados, quienes han jugado a este peligroso juego. En medio de tanta sinrazón, nuestro Espanyol ha sido un ejemplo de cordura, de independencia, de seny, de dignidad.

Es propio de los movimientos totalitarios el politizar todos y cada uno de los ámbitos de la vida. No conciben que la política pueda quedar fuera de algo: meten la política en los colegios, en las iglesias, en los grupos excursionistas, en las corales, envenenan los grupos de amigos y tampoco conciben un deporte que no sea correa de transmisión de consignas políticas. Todo debe ser politizado. Casi todo el mundo acaba plegándose a esta pretensión, por convencimiento a veces, por miedo en muchas ocasiones, asustados por la amenaza que pende, más o menos explícita, sobre quienes se resisten a politizar el deporte. Si no estás con nosotros estás contra nosotros, y eso tendrá consecuencia, es el aviso que flota en el aire.

Hay que decirlo: la resistencia del Espanyol ante esta dinámica politizadora es heroica. Un orgullo para su afición y una muestra más de que, con todas sus limitaciones (que quienes lo conocemos y amamos bien sabemos de sobra) el Espanyol es un modelo de dignidad cívica para todo el mundo del deporte. Cuando otros se dedican a azuzar el odio y la confrontación con rocambolescas actuaciones y declaraciones, el comunicado del Espanyol, llamando a la paz social, “un llamamiento público a la responsabilidad, la reflexión, la sensatez, la generosidad, y la calma por parte de todos”, manifestando el “deseo de que los graves hechos de los últimos días y semanas no vuelvan a producirse nunca más en Catalunya, ni se vivan otros con peores consecuencias”, ha sido una de las pocas voces sensatas en estos días oscuros y quedará para siempre como un ejemplo de que no todo el mundo del deporte enloqueció ni se vendió a cambio de alguna ventajita concedida por quienes ostentan el poder.

Lo decía al principio y lo repito. Nuestras vitrinas no son las más pobladas ni nuestros socios los más numerosos, pero a dignidad no hay quien nos gane. Somos un club volcado con el deporte, donde conviven personas de sensibilidades y opiniones políticas muy diversas unidas por el amor a unos colores y el convencimiento de que el deporte no debe ser envenenado por esa política que quiere invadirlo todo. Y no vamos a cambiar, por muchas presiones e incomprensiones que tengamos que soportar. Es probable que esto tenga un coste, no lo dudo, pero levantarse por la mañana sabiendo que eres parte de un club con dignidad, que no se traiciona a sí mismo por mucho que le empujen a ello, no tiene precio. Y creo que muchas personas sensatas, que comprenden que la polítizacion del deporte solo puede dar frutos podridos de división y enfrentamiento, van a valorar el seny y la dignidad del Espanyol.

No puedo terminar estas líneas sin expresar mi felicitación y mi más profundo agradecimiento a Don Chen Yansheng (como en el caso de Meler, creo que se ha ganado el “don”), a Ramon Robert, a Carlos García Pont y a todos aquellos pericos que han sabido estar a la altura de las circunstancias y ser fieles a lo que es y representa nuestro Espanyol, un club deportivo, nada más… ni nada menos.

Gràcies de tot cor.

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