La temporada pasada la familia españolista perdió a algunos de sus más entrañables miembros. Dámaso Perico, Jordi Puyaltó o Juan Segura Palomares tenían en común, además de su insobornable amor al Espanyol, el ser unas bellísimas personas: formaban parte de ese selecto club compuesto por aquellos de los que todo el mundo habla bien. Vaya desde aquí mi renovado homenaje a quienes hicieron tantísimo, cada uno desde su campo, por ese sentimiento que no se puede comprar ni con todos los millones del mundo.

De Segura Palomares recuerdo aquella primera historia del Espanyol, encuadernada en elegantes tapas azul oscuro, que un día apareció en mi casa y gracias a la que descubrí mil y una anécdotas que confirmaron y fortalecieron mi amor por los colores blanco y azul que había mamado desde que tengo memoria. De la Copa Macaya a la gesta de Julián Arcas, de Zamora a los goles de Tin Bosch o de los Cinco delfines, gran parte de ese legado me llegó a través de la pluma de Juan Segura Palomares, por lo que siempre le estaré enormemente agradecido.
Pero hoy quiero referirme a otro libro de Segura Palomares, Desafío al presente. Es del año 90 y lo encontré reordenando mi biblioteca, algo que suelo hacer una vez al año por estas fechas. Es un libro valiente, apasionado, documentado, erudito y vital al mismo tiempo, un libro que lleva la huella de “Palo”, cuya voz casi puedes escuchar al pasar sus páginas. Pero no es un libro sobre su amado Espanyol, sino sobre otro de sus grandes amores, los toros. Y los toros vistos, vividos y amados desde Cataluña, desde Barcelona. Toda una provocación ya en la última década del siglo pasado.

Me detuve a ojearlo, intentando recordar la impresión que me había causado su lectura en su momento. Y enseguida me asaltó una pregunta: ¿tenían alguna relación para Segura Palomares estas dos pasiones, la deportiva y la taurina? Creo que podemos responder afirmativamente.

Lo que Juan Segura Palomares vio tanto en el Espanyol como en la fiesta de los toros fue autenticidad. En un mundo donde uno se tropieza con engaños y mentiras a cada paso, donde la falsedad es moneda corriente, donde nos quieren presentar como el equipo del pueblo al equipo del poder, donde nos quieren colar como una cantera modélica a la que birla a base de millones a tantos jugadores de nuestras categorías inferiores, donde nos bombardean para que nos traguemos que es una bendición la existencia de un equipo que, en tantas disciplinas, ha matado la diversidad del deporte catalán y lo ha convertido en un erial dominado por un monopolista sin escrúpulos… en este mundo Segura Palomares se enamoró de lo verdadero, de los auténtico, de lo que no tiene trampa ni cartón.

Porque si el mundo del fútbol está lleno de falsedad, nuestro Espanyol es un reducto de autenticidad: un club que es una aguerrida familia y en el que las alegrías, que también vivimos de vez en cuando, no son, sin embargo, lo más habitual. Un poco como las grandes faenas. ¿Partidos mediocres? Unos cuantos. ¿Corridas mediocres? También. Forma parte de la realidad, de la vida, y las vivimos junto a los nuestros, sin lloriquear. Y cuando llega el día… ¡qué gozada disfrutar de nuestras esporádicas alegrías!

Cita curiosamente Segura Palomares al dramaturgo Josep Maria Flotats cuando éste afirmaba que “el torero no pretende aplacar a los dioses, sino que, como en la tragedia griega, se enfrenta en el ruedo a su destino, precisamente con el empeño, muy humano, de torcer los designios del hado”. Profunda reflexión que bien podemos aplicar a nuestro equipo. ¿A quién no le suena familiar eso de enfrentarnos a nuestro destino, de torcer los designios del hado, de rebelarnos contra las poderosas fuerzas que nos quieren fracasados, incluso desaparecidos? Y es que tanto en los toros como en el estadio del Espanyol la posibilidad de la tragedia nunca desaparece del todo. En la plaza es más real y definitiva, pero tampoco hay que despreciar nuestros descensos, derrotas en finales europeas o el trauma de Sarriá. Tanto el torero como el Espanyol nos la jugamos sin red de seguridad.

Porque, en definitiva, a pesar de todos los amaños, de todos los arbitrajes tendenciosos, de todos los toros afeitados, tanto en el fútbol como en los toros persiste un elemento de verdad que nunca puede arrancarse del todo. Nadie puede evitar por completo la posibilidad de la muerte del torero, como tampoco nadie puede evitar por completo que una pelota entre y todos los planes y sobornos se vayan al traste. Esta pervivencia de algo real, no totalmente controlable y en consecuencia peligroso es lo que fascina a tantas personas, el famoso y, se suele añadir, soberano público, que a diferencia de otros espectáculos, no es meramente pasivo, ni en los toros no en el fútbol, y que además genera un sentimiento de fraternidad, de pasión compartida, que es una de las dinámicas más profundamente humanas en acción en estos tiempos de autómatas y entretenimiento desde el sofá de casa.

Acabo con un último comentario que me ha ayudado a entender el sentimiento perico de Juan Segura Palomares. Al inicio de su libro taurino, explica su gusto por los Toros y escribe: “las posibles razones serían, sin duda, inacabables. Al aficionado, sin embargo, le basta una: “porque me gusta”… Así de sencilla es la cosa… Pretender ampararse en razones para apoyar la actitud, favorable o negativa, es perder el tiempo. Se llega a una u otra no mediante un proceso reflexivo, sino como consecuencia de un estallido interior, que se produce en el seno inviolable del individuo”. Segura Palomares está hablando aquí de su pasión por los toros, pero estoy seguro de que también se podrían aplicar estas palabras a su pasión por el Espanyol. No es difícil reconocerse en estas palabras: también nosotros podríamos dar mil y una razones para justificar nuestra pasión blanquiazul, pero al final nos basta saber que, más allá de todo cálculo racional, nuestro corazón nos dice que vale la pena ser perico y vibrar con el Espanyol.

Si teníamos una deuda de gratitud con Juan Segura Palomares por su labor como historiador del Espanyol, ahora ésta se agranda al redescubrir, en su obra de carácter taurino, reflexiones que nos ayudan a comprender mejor el camino que hemos elegido en esta vida.