El pasado domingo en El Sadar se esfumaron muchas de las esperanzas que tenía el Espanyol depositadas en la salvación. Y no porque la distancia con el objetivo sea insalvable (a 6 puntos de la permanencia con 33 por disputarse), ni porque los recursos deportivos y económicos sean menores que los de sus competidores; sino, simplemente, porque se confirmó una dinámica que ya es endémica en una temporada en la que el equipo se arruga siempre que tiene que dar el do de pecho. Y es realmente preocupante, pues entre unos y otros están abocando al club periquito a pasar la quinta temporada de su historia en Segunda División; una vergüenza y un desprestigio que, si bien, tampoco debe resultar excesivamente sorprendente atendiendo a una deriva en cuanto a exigencias que se alarga ya demasiado en el Espanyol.

De entrada, establezcamos como anormal ver al séptimo clasificado histórico de nuestro fútbol superar en tres tristes ocasiones la mitad de la tabla en los últimos quince años. En ese tiempo, y volviendo de Segunda, a equipos como Real Sociedad, Celta, Betis o Villarreal les ha dado tiempo a rehacerse y replantearse su papel en la máxima categoría, encontrando sus puntos álgidos en clasificaciones a Champions, fichajes de renombre o semifinales europeas. Otros como el Athletic han probado las mieles de la Liga de Campeones fieles a su filosofía y uno menos histórico como el Getafe anda inmerso, de la mano de Bordalás, en la mejor etapa de su historia. Mientras, desde las oficinas de Cornellà-El Prat, con su política austera y de dudosa ambición, el club perico desprende el espíritu del alumno de 5 pelao, que vaga por la parte baja de la tabla como un mero figurante. Una mentalidad que quizá pudiera bastar para clubes noveles en Primera, pero los ecos acumulados en tantos años de historia resuenan con demasiada fuerza como para dejarlo pasar.

De esta manera, se hace más fácil entender que a veces no caiga la moneda de cara cuando la planificación del quinto club con más partidos en la historia de Primera se reduce a esperar que una buena hornada de canteranos ahorre la molestia de, oh sorpresa, tener que invertir para mejorar. Ejemplos prácticos como el descontrol en la renovación de Pau López, guardameta para una década; la incomprensible venta de Aarón Martín a un club menor; haber apostado en su día únicamente por el 50% de Gerard Moreno; o fijar en 11 millones el fichaje más caro de la historia, ilustran la política que ha llevado al colapso deportivo al club blanquiazul. Es la fuga de talento joven a precio de saldo, la contratación de medianías y la perpetuidad de un grupo de jugadores veteranos a los que el fútbol dejó de acompañar hace ya bastante tiempo. Contraproducente a todas luces, pues quienes han de acompañar a la camada talentosa de turno son jugadores que no tienen nivel para servir de ayuda en Primera División. Esto provoca que los que tienen calidad se encuentren solos, flaqueen ante momentos de dificultad, no progresen, y tengan que acabar jugando unos veteranos cuya única virtud conocida es esa: ser veteranos.

Es solo esta terrible política deportiva (cuyos ideólogos son concienzudamente enmascarados por un sinfín de portavoces) la que puede explicar el porqué de fichajes como el del inefable Naldo, el lesionado crónico Corchia, el ya varios años desconocido Iturraspe, un Calleri que en dos años en España solo ha demostrado saber tirar penaltis y un Ferreyra cuya única actuación potable ha sido frente al todopoderoso Stjarnan. También arroja luz sobre que dos laterales que no han desbordado una sola vez en el último lustro sigan siendo titulares y que Víctor Sánchez, que sale a error de bulto por partido, siga disfrutando de minutos. Mientras, un sistema que agrupaba el toque y el talento joven de los mejores jugadores del equipo, cuyo éxito radicaba en que cada uno ocupaba su posición ideal en el campo, ha derivado en el engendro actual donde el mediocentro (Darder) juega perdido en banda o en la mediapunta, el mediapunta (Melendo) juega en banda o no juega, y los laterales que ofensivamente pueden aportar algo más de creatividad al lento centro del campo actual (Pedrosa y Víctor Gómez) hayan cedido su puesto a los anteriormente descritos Dídac Vilà y Javi López, tan inseguros atrás como incapaces arriba.

Con todo esto, cuando la patata ya quemaba se decidió romper la hucha para reemplazar de verdad a Mario Hermoso y Borja Iglesias, pero con una situación tan viciada no parece que Cabrera, Embarba ni RDT vayan a ser suficientes para salvar del naufragio a una nave a la que ni Gallego, Machín o Abelardo han sabido encontrar la tecla, y es que esta nunca estuvo en el banquillo. Si bien, el punto de no retorno en el que se encuentra el Espanyol tras la debacle de Pamplona parece una buena oportunidad para que un cambio de idiosincrasia empiece en el césped y se extienda hacia arriba en verano, sea cual sea la categoría en la que haya de jugar la próxima temporada. Si se ha de morir, que sea con las botas puestas, poniendo a jugar a los ‘pipiolos’ (Machín dixit) con talento antes que a unos veteranos cuya aportación al club ha quedado más que obsoleta, y que actualmente representa un lastre en el desempeño del equipo. Solo así se podrá empezar a reformular la idiosincrasia de un club que, al contrario de lo que lleva haciendo todos estos años, debe mirar a Europa cada temporada.

Enlace al artículo original de Kike Cervera pinchando en este enlace