Se había convertido en una pequeña tradición. En uno de esas pequeños momentos que, sin saber muy bien por qué y casi sin pretenderlo, entran a formar parte de tu vida hasta el punto de esperarlos con impaciencia.

Para Anna y para mí la Diada de Sant Jordi comenzaba invariablemente desde hacía algunos años con la visita al stand del Espanyol en Rambla Cataluña y la recogida de la preceptiva rosa azul de manos de ese hombretón tan grande de cuerpo como de corazón e impecablemente vestido para la ocasión llamado Jordi Puyaltó.

Por supuesto la rosa siempre iba acompañada de un educado y gentil piropo dedicado a mi mujer y ya puestos en harina perica, de algún comentario divertido sobre alguna de las barrabasadas que los opinadores pericos soltamos de vez en cuando en el fragor del combate radiofónico.

Nos habíamos conocido precisamente por mi labor periodística cuando él se integró en el equipo de Collet y casi de inmediato congeniamos. Tampoco era difícil. Puyaltó tenía ese don natural que poseen sólo algunos afortunados de caerle bien al instante a todo el mundo; era imposible no charlar con él 5 minutos y no sentir inmediatamente el deseo de querer ser su mejor amigo. Su pasión blanquiazul le hacía ver en cada perico a un hermano de esa rara, loca, osada y generosa familia que somos los españolistas.

Con Jordi coincidíamos también antes de cada partido, para una breve charla, cerca de la tienda del estadio. No costaba localizarle porque estaba siempre en el centro del corrillo más numeroso, rodeado de tantas cabezas que costaba distinguirle pese a su corpulencia.

Fue en uno de estos ratos cuando en una conversación más tranquila me habló de sus problemas de salud. Quería dejar la primera línea de la representación españolista, descansar y dedicarse en cuerpo y alma a su amada colección. Y creo de verdad que lo intentó… pero su amor por el Español siempre podía más y el hombretón acudía siempre donde cualquier grupo de pericos lo necesitara.

Jordi Puyaltó nos dejó hace un año, pero el espanyolismo no le ha olvidado

Hoy hace un año que su gran pero cansado corazón se paró. Y debo confesar que cuando paso frente a la tienda del estadio y veo algún grupo de pericos discutiendo sobre vaya usted a saber qué cosas de nuestro Espanyol me viene inmediatamente a la mente la imagen del hombretón Puyaltó y su sonrisa transmitiendo tranquilidad en medio de todos ellos.

En el último Sant Jordi, apenas unas semanas después de su fallecimiento, volvimos a comenzar nuestro paseo entre libros y flores por la caseta blanquiazul. A Anna no le faltó su rosa azul y tampoco algún gentil piropo… pero no fue lo mismo. Y no pude evitar pensar cómo son los pequeños detalles los que acaban marcando nuestra memoria y el recuerdo de aquellas personas que se cruzan en nuestra vida de un modo u otro.

Como ese hombretón de corazón grande que latía en blanco y azul.