En los últimos años asistimos a un fenómeno curioso, y es que se ponen de moda palabras y conceptos. Ahora le ha tocado a ‘distopía’, que vendría a ser lo contrario de utopía: imaginar un futuro catastrófico y apocalíptico. En los años sesenta del siglo pasado el fantasma de la guerra nuclear dio paso a una literatura y a una iconografía plagada de monstruos salidos de los posibles efectos de la radiactividad, hasta el punto de que un buen número de ciudadanos de Estados Unidos se fabricó un refugio antinuclear en el sótano de casa. Hoy, cincuenta años después, la crisis climática ya nos habla de ‘la sexta extinción’ y las pantallas se llenan de zombis y películas apocalípticas con estética de Mad Max. Lo bueno de crear una buena distopía es que puede señalar los caminos que se deben evitar para que se produzca.

Y ahora bajemos a la tierra, a la tierra perica para ser más exactos, en la que los ‘habitants del món perico’ somos muy dados al catastrofismo.

Hay dos maneras de ver la realidad y el futuro más inmediato: una extremadamente positiva, que serviría para abrir el cava al conocer las previsiones económicas de la temporada que vivimos (2019-20), que generará ni más ni menos que 20 millones de beneficios en un club tradicionalmente deficitario; y otra negativa, que refleja una imagen realmente aterradora y nos sitúa en zona de descenso, con las peores asistencias al estadio de LaLiga, con el espanyolismo más combativo totalmente desmotivado y desmovilizado y con una creciente despersonalización del Club.

Con un consejo de administración de claro perfil tecnocrático, que se ha marcado como objetivo hacer del Espanyol un ‘producto atractivo para el consumidor de fútbol’, las señas de identidad del Club, amenazadas también por las tensiones políticas de Catalunya, se van desdibujando.

Nunca antes como ahora habíamos notado eso de que el Espanyol es una empresa; por primera vez desde la llegada de Mr. Chen, sus intereses y proyectos no van en la misma dirección que los de la afición. En una temporada que nació con una explosión de alegría al clasificarnos para disputar la Europa League, el club no ha estado a la altura a la hora de reforzarse y no ha invertido, como prometió, el 50% de las ventas, acumulando unos beneficios que solo se entienden como la mejor tarjeta de visita para aterrizar en bolsa, algo que ya se nos señaló en la última Junta de Accionistas.

Leía hace unos días un informe que señalaba que los clubes europeos que cotizan en bolsa se han revalorizado un 27,25%, tres veces más de lo que lo hace el Ibex, que está en un 8,7% y, curiosamente, el club que más se ha revalorizado en 2019 es el Benfica portugués, equipo con el que nos hemos cruzado mucho últimamente, que lo ha hecho un 171%.
Chen se ha marcado dos objetivos: una ampliación de capital y la salida a bolsa para ganar ‘músculo financiero’ sin tener que invertir más dinero de su bolsillo, lo que nos colocará en un escenario cada vez más alejado del club familiar que hemos conocido y que puede dar pie a todo tipo de especulaciones, teorías y distopías sobre el Espanyol. Pero mientras eso llega, el día a día llama a la puerta con la exigencia de que el Club se rasque el bolsillo si no quiere que todo se vaya por el sumidero del descenso.

En el año del récord de ingresos a todos los niveles nos topamos con el equipo más frágil de la última década. Esperemos que en la próxima Junta de Accionistas del día 10 de diciembre nos expliquen cómo hemos llegado hasta aquí, quién decidió no invertir tras la clasificación para la fase de grupos y quién asumirá la responsabilidad.