Las conversaciones pericas del día de Reyes, más allá del alivio por los tres puntos sumados que nos dan un oxígeno que necesitábamos con urgencia, se centraron en las lágrimas de Leo Baptistao. Motivadas por su mala racha goleadora, por los pitos que le dedicó una parte de la afición (ni mucho menos mayoritarios; hubo también mucho aplauso), por la posibilidad de que abandone el club en el mercado de invierno… sólo Baptistao lo sabe y por ahora no ha hecho ninguna declaración al respecto.

En este asunto cada perico se inclina en un sentido u otro, aunque mi impresión es que la mayoría de reacciones han sido de solidaridad y apoyo a Baptistao. Ver llorar a un adulto siempre te remueve, más en fechas navideñas, y si algo han demostrado las múltiples muestras de apoyo es que los pericos somos, en su inmensa mayoría, buena gente. No es mala noticia, pero me temo que también tiene su aspecto negativo. Me explicaré.

Nos pasamos la vida quejándonos de que falta ambición, de que exigimos muy poco a los jugadores, de que el Espanyol es un lugar cómodo donde puedes vegetar en Primera, con sueldos astronómicos y disfrutando de la calidad de vida de Barcelona, instalado en la mediocridad. Esto tiene que cambiar, proclamamos convencidos… y a la primera de cambio nos enternecemos con las lágrimas de un jugador y reaccionamos cómo lo haríamos con nuestro sobreprotegido hijo. Pobrecito, no hay derecho, los que lo han pitado no tienen corazón. ¿En qué quedamos?

Leo Baptistao durante el partido de Copa ante el Cádiz en el Carranza

Leo Baptistao lleva, entre Liga y Copa, 19 partidos disputados en esta temporada y ha marcado un gol: una ridícula media de 0,05 goles por partido. ¡Y el gol que metió fue de penalti! A lo mejor quien también tiene motivos para llorar es Chen Yansheng ante el bajísimo rendimiento de un jugador por el que el Espanyol desembolsó 7 millones de euros.

Prime Video ha lanzado diversas series que siguen la vida de diferentes equipos durante una temporada. El equipo de fútbol que tiene su propia serie es el Manchester City, que no he visto por motivos obvios, pero sí que he dedicado una parte de mi tiempo a ver los capítulos dedicados a los All Blacks, la selección neozelandesa de rugby. He disfrutado mucho y me ha impresionado su nivel de exigencia y competitividad. Se dejan la piel en cada cosa que hacen, salen a jugar los partidos yendo al límite desde la primera jugada, compitiendo con una intensidad que les ha llevado a ser los mejores del mundo. Viendo la arenga y el modo en que salieron a disputar la Bledisloe Cup contra Australia uno se hace más consciente de que, sencillamente, en el último derby no competimos. El nivel de competencia en los All Blacks es despiadado y cuando uno falla reiteradamente sale del equipo. Es duro, y su entrenador Steve Hansen insiste en lo importante de explicárselo a los afectados, pero quien no rinde no tiene sitio en los All Blacks. Si de mi dependiese, obligaría a la plantilla entera del Espanyol a ver la serie.

Luego están las declaraciones de Rosales afirmando que no le parecen justo el trato de la gente a Leo Baptistao. Que un jugador que lleva 5 partidos de liga en el Espanyol critique públicamente a una parte de la afición perica me parece un despropósito. Rosales puede tener su opinión y no dudo de que será un buen compañero, pero es impropio de un profesional criticar a su afición, una afición cuyo único recurso para quejarse son esos pitidos. Y que se rasca el bolsillo para ver a unos jugadores que, a pesar de su bajo rendimiento, cobran religiosamente a final de mes unas cantidades que esa afición no pude ni soñar.

Yo no pité a Leo Baptistao; yo incluso le aplaudí, pero entiendo y respeto a quien eligió silbarle. Faltaría más. No disfruté viéndole llorar, pero tampoco me siento culpable de nada. Leo Baptistao debe mejorar o no tiene sitio en un equipo como el Espanyol. Sus lágrimas no deben servir para instalarse en la compasión y la autocomplacencia, sino que deben transformarse en unas ganas locas de superación, una rabia bien encaminada que le hagan ser el jugador determinante que necesitamos. Elevemos el nivel de exigencia de una vez por todas.

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