En el mundo del fútbol moderno un equipo como el Espanyol solo puede tener futuro si desarrolla un fuerte sentido de pertenencia, de identidad. Ha sido así en el pasado: mientras tantos equipos catalanes de distintos deportes iban quedando relegados a una vida mortecina por culpa de la hegemonía del Barça, el Espanyol ha sobrevivido generando un fuerte sentido de identificación entre su afición, que se ha convertido así en un ejemplo de resiliencia en un contexto adverso. Varias noticias recientes parecen indicar que esta identidad se está deteriorando de modo preocupante.

El primer suceso es la reacción de Sergi Darder al acabar el partido disputado contra el Sevilla, cuando defendió a la afición espanyolista ante las provocaciones del portero sevillista Juan Soriano. El resultado de esta acción fue una sanción a Darder en aplicación del código de disciplina interna. El caso de Darder contrasta con el de Adrià Pedrosa una semana después, cuando al acabar el derby corrió para conseguir la camiseta de Messi. Sí, estamos hablando del mismo Messi que nos mete goles con la mano, agrede desde el suelo a Granero o no pierde oportunidad para despreciar a la afición espanyolista. En este caso, además, hay dos agravantes. Ya en el partido de ida hubo polémica por el mismo gesto, en aquella ocasión con Borja Iglesias como protagonista, por lo que Pedrosa debería de ser consciente de lo que para su afición significan este tipo de gestos.

Además, Pedrosa no es un recién llegado: lleva desde 2014 años en nuestras categorías inferiores, por la pregunta surge espontánea: ¿Qué les han explicado allí sobre nuestro club, sus orígenes, su identidad y su rivalidad ciudadana? Las declaraciones de Rubi afirmando que solo tiene 20 años y que tiene que aprender me generan una duda: ¿tan difícil es entender nuestro club y lo que significa la máxima rivalidad? ¿Tendremos que esperar a que el chico cumpla 30 años y se reitre del fútbol profesional para que lo entienda?

Pero si estos mensajes en relación con el primer equipo eran ya preocupantes, otros dos sucesos han provocado que salten todas las señales de alarma. Me refiero, en primer lugar, a la humillación que tuvimos que vivir durante el partido contra el Getafe, cuando numerosos niños invitados por el club festejaron ruidosamente el gol del equipo visitante. A esto nos ha llevado una promoción sin criterio, al por mayor, especialmente dolorosa si tenemos en cuenta que la subida del precio de los abonos de esta temporada ahuyentó a muchos niños pericos del estadio.

Pero quizás lo peor ha sido la noticia de la asistencia del club al homenaje al periodista Joaquim Maria Puyal, el locutor que en numerosas ocasiones nos ha ninguneado y despreciado, un puntal en la construcción de eso que Joan Collet, muy acertadamente, definió como nacional-barcelonismo.

El contexto en que el Espanyol ha vivido las últimas décadas no ha sido fácil: cuando son muchos quienes apuestan por la homogeneización, por un sol poble que, en el campo del deporte, debe de expresarse en un solo equipo que encarne a toda Cataluña, es complicado ser el club que echa por tierra esas pretensiones. Frente a un equipo que no tiene rubor en ser utilizado políticamente, que utiliza cualquier ocasión para convertir un partido de fútbol en un acto político al servicio de quienes detentan el poder en Cataluña, favorecido por estos en pago por sus innegables servicios y mimado por la prensa (y además ganando casi siempre) nuestra existencia, ajena a este proyecto uniformizador, es vista con disgusto por numerosas y poderosas instancias.

En este contexto es tentador ceder al pensamiento hegemónico y buscar un lugar, aunque sea marginal, periférico y subordinado, en el sistema de poder vigente. Se trata de demostrarles que somos buenos chicos, una anomalía, ciertamente, pero no peligrosa: estamos incluso dispuestos a homenajear a quienes nos relegan, nos intercambiamos las camisetas después de haber salido derrotados del Camp Nou (nada más lejos de nuestra intención que molestar al equipo del poder) y no descartamos aplaudir algún gol de Messi en nuestro estadio. En definitiva, perdonadnos la vida y nos comprometemos a no molestar, a guardar silencio y bajar la cabeza, a no ser un punto discordante en vuestro escenario nacional- culé.

La tentación es grande, pero tropieza con una enorme piedra: nosotros no somos así. Somos un club de gente luchadora que no se pliega ante los poderosos y a la que no le importa ser minoritaria. No tenemos vocación de ser “bons nois” que aceptan el statu quo de la hegemonía culé; más bien nos identificamos con aquella canción que cantaban los pericos hace casi un siglo: “Somos españolistas y realistas de la corona, Somos especialistas en dar palizas al Barcelona”. Cuanto antes lo recordemos, lo potenciemos y lo transmitamos, mejor.

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