Seguro que muchos de vosotros ya habéis oído eso de que en la vida se puede cambiar de mujer, de religión, de partido político, pero jamás se podrá cambiar de equipo de fútbol. La reflexión es buena, pero no la comparto.

El otro día, un amigo amante del fútbol, pero culé, me escribió: “al final me haré del Espanyol”. Era viernes y estaba en el estadio con otro amigo –este sí que es un perico de pro– viendo el partido contra la U.D. Las Palmas. Estaba tan nervioso como cualquier otro perico. Ojo no cambie los colores. Sí, seguirá queriendo al Barça y viendo sus partidos, pero sentir este amor por el Espanyol ya es, para mi, una victoria.

Pero no es el único caso. Conozco a bastante gente que ha cambiado de equipo. Y hablo de cambiarse cuando uno tiene ya uso de razón. No con tres o cuatro años, como fue mi caso. Mi primo, tal cual, después de tres meses de verano me vino y me dijo: ahora soy perico. Tenía 13 años.

Muchos me dicen: “es que yo quiero disfrutar del buen fútbol, ¿sabes?”. Bien… ya sabemos por dónde van los tiros. Sin entrar a debatir qué es buen fútbol, solo diré que ser del Espanyol no es como casarte con una mujer, que renuncias al resto de los equipos para fijarte solo en uno. No. Uno puede ser perico y, además de disfrutar con el Espanyol, puede –y si le gusta el fútbol, debe– ver a otros equipos y disfrutar igual. Deleitarse con ellos, ver sus virtudes y sus defectos. Y luego, con alguien del equipo rival, irse a tomar algo y comentar la jugada. Sí. Me voy de copas con los culés que les gusta hablar de fútbol. “¡Periculé!” Me llaman algunos. Pues muy bien. “¡Perimerengue!” me llaman otros. No sé qué es peor. Yo, perico 100%. El resto no me importa. Más adelante ya me permitiré el lujo de dar mi opinión sobre el periculerismo.

Parece mentira, eh… me había propuesto escribir solo del Espanyol y en mi primer artículo y ya he mencionado al Barça. Nada grave. Se curará.