En sus inicios seguí la carrera de Piqué con su desembarco en Inglaterra. Un central de características opuestas a lo que allí se estila que intentaba hacerse un puesto en uno de los equipos más importantes de las islas. Su paso fue tortuoso, no supieron apreciar la calidad futbolística que insinuaba. Recuerdo cómo un ojeador de un equipo inglés lo recomendó para llevárselo cedido y el entrenador de turno no lo aceptó, y así sucedió con innumerables equipos. El central clásico británico estaba en la mente de todos, y nadie fue capaz de tener el instinto de que allí estaba uno de los posibles mejores centrales del mundo. Sólo pudo ir cedido al Zaragoza y volvió con el rabo entre piernas a la disciplina culé, donde Guardiola sí supo accionar las teclas para que hoy en día sea quien es.

A su llegada a Barcelona recuerdo cómo inicialmente se mostró reacio a hacer grandes declaraciones, manifestó que no estaba cómodo (menos mal). Pero el análisis está claro: el fracaso en Inglaterra le había acercado a la humildad de la que el éxito le ha ido alejando paulatinamente. Tampoco vimos al Piqué ocurrente y divertido en el Mundial de Brasil después de la paliza de los holandeses o cuando Luis Enrique le dio en la cresta por su falta de rendimiento y compromiso. Cuando se sentaba con los descartados, ausente respecto a sus compañeros con sus cascos puestos y sin hacer equipo. Parece ser que esta manera de ser, a través de la cual se mete con todos aquellos porque es tan auténtico y sincero (según dicen muchos de sus admiradores periodistas; no es lo que opina alguno de sus compañeros), pero sin consideraciones tan importantes como el respeto, sólo aparece cuando está en la cresta de la ola.

Este comportamiento tan chulesco puede llegar a ser comprensible en aquellas personas que no han tenido una educación básica o han padecido falta de referentes. Pero estamos hablando de un chaval de una familia más que acomodada con un entorno del que aprender constantemente. Conozco la manera de pensar de los educadores de La Masia, y ahí seguro que tuvo referencias. También pudieron serlo Fergusson y desde luego Guardiola. Entre compañeros tuvo al maestro de los maestros, a una de mis referencias personales, el añorado Carles Puyol, o al mismo Iniesta. En su hogar tiene a su mujer, Shakira, una celebridad que constantemente tiene un comportamiento respetuoso, además de sus constantes labores humanitarias. Y desde la infancia ha tenido a su lado al gran referente. Les contaré una anécdota. Hace unas semanas asistí a un campo de fútbol de l’Hospitalet de Llobregat y allí encontré a una persona de aquellas a las que el fútbol debería hacer un monumento. Puede que hiciera más de 30 años que no la veía. Me preguntó por mi padre, le comenté que hacía un año que había fallecido y me dijo emocionado: “Juan, he conocido miles de personas en este mundo del fútbol y tu padre está entre las cinco mejores, igual que lo está Amador Bernabeu, el abuelo de Piqué”. Está claro que en este caso no se da aquello de que “de tal palo, tal astilla”.

Si ha existido una buena educación y referentes en la vida de una persona, ¿qué lleva a un deportista a comportarse de tal manera? Está claro que le invade una necesidad totalmente narcisista. Una necesidad constante de ser el centro, la referencia de todo. Seguramente este ha sido uno de los sustentos para obtener una carrera tan brillante, pero los efectos colaterales son lamentables, y no se salva ni la Guardia Urbana. Además, como es una persona con un gran coeficiente intelectual, que no es lo mismo que madurez, sabe manipular todas las situaciones a su favor de manera maquiavélica. Disfraza su afán de protagonismo como barcelonismo y utiliza de esta manera a la entidad que tampoco respeta. Al igual que humilla a un compañero joven delante de más de 300 millones de personas porque no puede marcar en el Bernabeu y lo vuelve a manipular en un tuit. En fin, con el equipazo que tiene el Barcelona, lo más inteligente es mentalizarse para aguantarlo unos años más, no tiene la madurez para cambiar.

Artículo publicado hace más de tres años en La Vanguardia.

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