Escribo este texto en el avión que nos está llevando a Reikiavik para tratar de explicar cómo se siente un tipo como yo, a nueve mil metros de altura, sentado en la fila 13 asiento C, acompañando a su hijo en su primer desplazamiento por Europa.

El primero, sí. Porque espero que haya más, muchos más. Acompañar a tu equipo por Europa es un privilegio. Para él, su primera vez. O sea, una experiencia que no olvidará en su vida. En mi caso, algo que hacía mucho que no vivía.

Desde Glasgow, concretamente. Y ahora me doy cuenta de cuánto añoraba esta sensación. Me encanta conocer lugares nuevos, otros países, otras ciudades, otras arquitecturas, otros paisajes. Visitar estadios muy diferentes al nuestro y, por supuesto, vivir las emociones que depara la competición. Que espero que mañana sean pocas.

Me gustan estos vuelos chárter en los que durante un rato compartes un reducido espacio con jugadores, técnicos, directivos, empleados del Club y con los periodistas que forman parte de la expedición. También con los dos Mossos que custodian la expedición cuando el Espanyol viaja por Europa; muy simpáticos, por cierto. Te recuerda que esto en cierto modo es como una familia. Y se respira algo parecido a la
intimidad.

Aunque la verdad es que les confieso que hoy me siento un poco intruso porque, junto a mi hijo, somos los únicos no profesionales a bordo. Las fechas, el
hecho de tener la eliminatoria casi resuelta y, sobre todo, el elevado coste de desplazarse a Islandia han sido factores disuasorios para que la afición no se desplace.

Pero seguro que habrá más ocasiones para ello. Dentro de una o dos semanas, sin ir más lejos. Este vuelo también sirve para refrescar la memoria y que aflore mi pasado, especialmente esa mágica temporada que empezó y acabó en Alemania.

Aquella UEFA del 87/88 de la que tuve la suerte de no perderme en directo ni uno solo de sus partidos. Aquella que arrancó con un alegrón inesperado y finalizó con una enorme y también inesperada decepción en ese Leverkusen de infausto recuerdo.

Me levanto, paseo por el pasillo del avión y mirando los miembros de la plantilla que tenemos pienso, ¿serán capaces de repetir una gesta como aquella? ¿Serán capaces de plantarse otra vez en una final?

Cualquier persona sensata apostaría contra esa posibilidad, pero después de Leverkusen, cuando nadie lo creía, llegó Glasgow.

Además, mayoritariamente, los pericos no nos distinguimos precisamente por nuestra sensatez y yo no voy a ser la excepción. Por tanto, como soñar es gratis, me tomo es largo vuelo a Reikiavik de casi cinco horas como la primera de las escalas que hay que hacer hasta llegar, a finales de Mayo, a Gdansk. Una ciudad que espero poder conocer con mi hijo. Con el resto de mi familia. Y con miles de pericos más.

Y si finalmente no fuera así, si el viaje quedase interrumpido en algún lugar, pues que nos quiten lo bailao.

Vamos, Espanyol. Que Europa nos debe una.