Comencé la semana buscando el tema de actualidad perica más adecuado con el que iniciarme en este mundillo de la opinión.  No obstante, en un momento de lucidez de la tarde, caí en la cuenta de que no estaría de más acercarme a todo aquel perico, o no, que dedique unos minutos de su tiempo a leer estas líneas.

Soy una adicta al fútbol, lo reconozco. Supongo que mucho tendrá que ver el criarse en una familia con la que antes de aprender a caminar ya estaba de campo en campo.  Lo curioso de todo esto es que, por entonces, mis padres eran culés. Tardé muy poco en convertirme en una de las peores pesadillas futbolísticas para mi padre, y es que a contra pronóstico, me hice del Espanyol.

¿Qué cómo puede ser? Pues habrá que darle las gracias a mi tío, quién simplemente me cogió y me plantó en el Estadi Olímpic Lluís Companys dejando que la afición perica, a la cual ahora pertenezco, hiciera el resto. Desde el primer momento que viví el ambiente en la grada de Montjuïc supe que mi hogar estaba ahí, que mis colores iban a ser el blanco y el azul, y que el periquito pasaba a ser mi ave favorita.

El fútbol  me ha enseñado muchísimas cosas durante mis 19 años de vida. Sin embargo, dentro de este universo tan amplio, el Espanyol merece una mención especial. El Espanyol fue el club que me robó el corazón y que en mi “pericoteca”, como un día la bauticé, se encuentran algunas de las mejores experiencias que he vivido, pero también de las más amargas.

Hay que reconocer que he vivido una de las mejores épocas a nivel deportivo del Espanyol: dos Copas del Rey y una final de la UEFA. Aún así, todavía no consigo clasificar el popurrí de sentimientos y emociones que expresé con aquel gol de Coro salvador del abismo de la Segunda División. Tampoco he superado a día de hoy aquella noche de Glasgow, lo cual está completamente confirmado al no poder soportar las lágrimas tras toparme con una foto que reflejaba a los jugadores esperando el lanzamiento de aquellos malditos penaltis el verano pasado. Podría continuar recordando, pero nos pasaríamos aquí horas. Ya habrá tiempo más adelante.

Volviendo a lo anterior, cuando digo que el Espanyol merece una mención especial es porque para mí ha sobrepasado las fronteras del fútbol.  El Espanyol me ha ayudado a comprender que el mundo es mucho más amplio y profundo que aquello que nos inunda informativamente día sí, y día también, que existen muchas personas a las cuáles solo les dan voz cuando interesa, que formar parte de una minoría no es motivo para avergonzarse ni callarse.

El Espanyol me ha enseñado bajo el lema de “Never Surrender” que la palabra rendirse no debe formar parte de ningún manual para la vida. Superar obstáculos. Caer pero siempre levantarse. Aprender de los errores para acabar brillando con luz propia. Vivir como lleva viviendo este maravilloso club durante 116 años, contra todo y todos, con orgullo, porque por mucho que te quieran hundir van a tener que seguir viendote crecer. No lo dudéis, tal y como dijo nuestro míster Quique Sánchez Flores “somos un bebé” con toda la vida y éxitos por delante.