Durante estos meses de confinamiento hemos asistido a fenómenos curiosos. Uno de ellos parece tener que ver con algo atávico, que nos reafirma en nuestra capacidad de autosuficiencia: hacer panes y bizcochos, hasta el punto de que tanto la harina como la levadura se han convertido en elementos de primera necesidad. Yo he caído en la tentación de elaborar mi propio pan, aunque solo sea para superar la prueba, e imagino que muchos de ustedes también. Y siguiendo ese hilo argumental, aunque de forma involuntaria, podríamos estar a las puertas del cocinado de un gran biscotto nacional que nos puede resultar muy indigesto a los pericos.

Parece que el universo conspira contra el Espanyol. Si las pocas opciones de salvación que teníamos pasaban por aprovechar el factor campo en este dramático rush final de liga, esa “ventaja” se ha esfumado por un virus que, curiosa paradoja en nuestro caso, vino de China. En este momento nadie está dispuesto a apostar un euro por nosotros. Recientemente leíamos los negros vaticinios de la inteligencia artificial, que no difieren mucho de los de la de andar por casa.

El mismo Abelardo reconocía la dificultad con la que se encuentra el equipo perico para volver a una competición en la que primara la calidad sobre la potencia, por el poco tiempo para prepararla, y en la que tenemos que volver mejores que el resto de equipos si queremos salir del pozo. Sin tener en cuenta la posible factura que nos pasará el haber sido el equipo más afectado por la Covid-19.

A todos estos aspectos objetivos se une uno que no deberíamos descartar siendo pragmáticos. El mismo hecho de que LaLiga vuelva solo y exclusivamente para salvar la económica de los clubes, poniendo el dinero por delante de todo, hace que este aspecto prime sobre el deportivo. ¿Qué quiero decir con eso? Que se ha impuesto lo de que el fin justifica los medios.

Si siempre ha planeado sobre el fútbol la sospecha de los amaños y las componendas, sobre todo en los últimos partidos del campeonato en los que se pactan resultados con o sin necesidad de que haya dinero de por medio, ahora, y con las gradas vacías, la tentación se hará mayúscula. Podemos recordar aquí el viejo adagio de que “la ocasión hace al ladrón”.

Si a eso sumamos el horizonte de crisis económica que se cierne sobre los clubes de fútbol y sobre los mismos jugadores, que verán rebajadas sus pretensiones económicas, el drama está servido. Incluso me atrevería a decir que LaLiga puede rebajar sus supuestos controles y mirar para otro lado en esta situación límite.

El fútbol sin aficionados no solo pierde una parte esencial de su razón de ser, sino que deja de estar vigilado por cientos de miles de ojos que saben distinguir entre la realidad y la ficción.

Si al final se juega, estaremos ante las 11 jornadas de la vergüenza, con resultados escandalosos, empates infumables, lesiones fantasmas y un espectáculo en el que todo el mundo mirará por sus intereses y al que asistiremos como simples convidados de piedra.
Bienvenidos a la mejor liga del mundo.