El Gobierno, a través del CSD, se ha lavado las manos en el tema del fútbol. Ha venido a decir: si vosotros estáis dispuestos a asumir todos los riesgos, los posibles contagios y los costes de poner en marcha vuestra “fábrica”, adelante, yo me lavo las manos, y de paso, ya que vais a salvar millones, ayudad a los sectores deficitarios del deporte. Eso está hecho, ¿cuánto quiere?, y aquí es cuando Tebas saca la chequera…

Y una decisión empresarial se viste ahora de argumentos sociales para quedar bien, como la necesidad del regreso del fútbol por su fuerte popularidad, ya que servirá de palanca para la vuelta a la normalidad.

Pero en un contexto de Estado de Alarma y con una crisis sanitaria profunda, el mundo del fútbol no se puede saltar alegremente las restricciones que está sufriendo toda la sociedad y para ello ha elaborado un protocolo de actuación que debe aprobar Sanidad, y del que el ministerio ya ha desautorizado el aspecto más llamativo e insolidario: los tests masivos a los futbolistas. Algo que al final acabarán haciendo porque, lamentablemente, poderoso caballero es Don Dinero.

Los consumidores del negocio del fútbol, antes llamados aficionados, somos los convidados de piedra de este sainete, ya que se da por hecho el fútbol con las gradas vacías, aceptando sin tapujos el oxímoron de espectáculo sin público, y los operadores no se cortan un pelo al proyectar iniciar la próxima temporada con las gradas llenas de monigotes para que hagan de attrezzo. Somos prescindibles. Bravo.

Sobre el proyecto de protocolo, este es un compendio de medidas de muy difícil cumplimiento que producirá mucho estrés a los jugadores y que no puede asegurar un 100% de efectividad porque al final de todo está la competición y ahí no se puede mantener el famoso distanciamiento social. La competición exige contacto. Por mucho que se quiera meter a los jugadores en una burbuja, aislándolos incluso de sus familias, será imposible evitar el error humano con el consiguiente contagio.

Y por muchos controles que se hagan, al final hay que jugar. Dicho gráficamente, ¿de qué sirve, por ejemplo, que salten al campo los equipos por separado, con los jugadores a dos metros, que no se hagan la foto de formación ni se den la mano los capitanes con los árbitros, si luego tienen que apretujarse en los saques de esquina?

Y si vamos a hilar fino en las medidas, tendrán que decidir el máximo de contagiados por equipo para poder competir y, ya puestos —permítanme aquí una grosería teniendo en cuenta la gravedad del tema—, añadir un quinto supuesto al VAR: toser en la cara de un rival de forma voluntaria.

Los sectores productivos que están volviendo al trabajo tienen que garantizar que se cumplen una serie de medidas de seguridad para salvaguardar la salud de los trabajadores, y que estos deben aceptar.

Los futbolistas quieren que sea el Ministerio de Sanidad el que autorice la vuelta del fútbol, pero al final son ellos los que tienen la capacidad de decisión porque son las estrellas de este circo. Y vuelvo a recordar el argumento de mi último artículo: si tenemos una desgracia…

Déjense de protocolos fantasma; den la temporada por finalizada y planifiquen la siguiente en condiciones y con la situación más controlada. Parafraseando a Bill Clinton: Es la salud, ¡Imbécil!